En el marco de una nueva conmemoración del 12 de octubre de 1492, un texto que invita a pensar en el uso del lenguaje como forma de validar y/o combatir procesos de racismo.

Hablar del 12 de octubre nos lleva a hablar sobre la “conquista de América”, un hecho que significó un cambió rotundo para el devenir del continente americano. Inspirado por el espíritu medieval, Cristóbal Colón buscaba encontrar el camino más rápido para llegar a las Indias y así encontrar los fondos que le permitirían liberar a Jerusalén y financiar una nueva cruzada.

A su llegada a nuestro continente (Colón y otros que lo sucedieron) proyectaron una imagen de mundo muy lejana a la realidad, a las personas que encontró les atribuyó intenciones maravillosas, de dulzura y amabilidad; o cuando sus planes iban mal pasaban a ser salvajes, caníbales; horrorosos; hombres mono o mujeres pescado, según consta en los diarios de viaje de Cristóbal Colón.

A partir de ahí, se fue configurando un escenario de trato colonial por sobre la población originaria, estructurado sobra la idea de raza, cuyo constructo mental ha resultado ser una piedra angular para justificar el dominio, la explotación y todo tipo matanzas de “blancos civilizados” sobre la población “no blanca” en prácticamente en todos los niveles de intercambio social.

Es así como se legitima la estructura social en la que se normalizan las relaciones asimétricas, en la que, los blancos dominan y los indígenas son dominados, como bien lo demuestra el debate de Valladolid en 1950, en el que Bartolomé de Las Casas y Ginés de Sepúlveda se cuestionaban respecto a la condición de la población indígena: ¿eran humanos o bestias? ¿tienen o no tienen alma? Al respecto podemos señalar que dichos imaginarios se han venido reproduciendo a través de la historia y han servido a ordenar al mundo a través de la naturalización de las relaciones de dominación de blancos sobre indígenas.

El racismo ha estado presente en las guerras mundiales, a través de las creencias nazis que consideraban a los alemanes arios como una raza superior, o a través de políticas de Estado como el “apartheid”, conjunto de leyes que fue impulsado por los descendientes de los colonos europeos en Sudáfrica y que promovía la segregación sobre la población que no fuera blanca.

Por este motivo, en 1978 la UNESCO estableció la Declaración sobre la Raza y los Prejuicios Raciales, la cual señala en su artículo primero que “Toda teoría que invoque una superioridad o inferioridad intrínseca de grupos raciales o étnicos que dé a unos el derecho de dominar o eliminar a los demás, presuntos inferiores, o que haga juicios de valor basados en una diferencia racial, carece de fundamento científico y es contraria a los principios morales y éticos de la humanidad”.

Las lecciones de la historia dejan como enseñanza que resulta fundamental, que tanto la sociedad civil como las instituciones puedan aunar esfuerzos para avanzar hacia la construcción de sociedades más respetuosas de la diferencia cultural. Un buen ejemplo de lo anterior es el trabajo realizado por movimientos y organizaciones originarias de Latinoamérica para resignificar esta fecha que hasta no muchos años seguía siendo denominada como “El día de la raza” o “Día de la hispanidad”.

Por ende, la importancia del uso de un lenguaje que nos permita superar estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias hacia los pueblos originarios en la sociedad, reconociendo su presencia y aporte sustantivo para todos los territorios y la humanidad en su conjunto.

A través de estas perspectivas se puede vislumbrar la existencia de otros paradigmas, superando las miradas y visiones eurocéntricas que han predominado a lo largo de la historia.

 

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